Asi está más o menos la huerta en marzo. Hay un cierta latencia que espera el despertar, la exuberancia del verano.
El aroma de la flor de la rúcula inunda la huerta, nos acercamos a ella y no podemos dejar de comentar ese olor dulzón, parecido a la miel, que tanto gusta a las abejas.
La acelga roja se mezcla salvajemente con los puerros, con la caléndula.¡ Qué color tan loco el de esa acelga! ¡qué color que no parece comestible pero que desde luego lo es!
Dentro del invernadero hileras de corazón de buey, lechugas y repollos, custodiados por hermosas caléndulas esplendorosas y por mi amado cilantro.
A los arbeyos ya les queda poco, los comeremos en un tiempo.
El refugio de insectos (ese que se ve en la cuarta foto), permite que se acerque y se resguarde la fauna auxiliar, aumentando la biodiversidad en la huerta.
Aquí está Libélula, un proyecto que ya dura muchos años, entre otras cosas porque está hecho de trabajo y de corazón.
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